• Opinión
  • 25 de Ene, 2018

OPINIÓN: Innovación, por Jaume Ferrer

Cambia todo. Cambia el qué, el cómo y el dónde vendemos. Cambian los hábitos de compra. Cambian las tendencias. Y las marcas que las marcan. Cambian los targets. Cambian los canales. Todo ha cambiado en los últimos años. Y seguirá cambiando en los venideros. Todo o casi todo. Hay algo que apenas ha cambiado en los últimos 20, 50 ó 100 años: la capacidad de innovación de las marcas. En producto y en procesos.

El deporte es innovación. Este es su motor de cambio. Es la razón que lo justifica todo. Incluso en la moda. La evolución. Puede caer el cielo, como con la crisis, pero la innovación no se para. Y no lo hace porque, incluso en tiempos de “guerra” (o sobre todo), la única manera de avanzar es evolucionar.

La innovación tiene un coste, es obvio, pero es una apuesta al alcance de todos. Nadie, o casi nadie, no tiene oportunidades para innovar. Si no se puede innovar en tecnologías, puede innovarse en diseño. O en procesos. O en fórmulas de venta. Pero hay que innovar. Para evolucionar y para competir. El gran valor añadido de cualquier compañía es su capacidad para innovar. Para ofrecer algo distinto. Sea lo que sea. Pero distinto.

La innovación constante es la única forma de mantenerse competitivo, porque ninguna ventaja es sostenible en el largo plazo. Ninguna.

El deporte siempre ha sido un sector pionero en innovación. En todos sus segmentos técnicos, desde el running hasta el bike, pasando por el esquí, el tenis o el fútbol. Y a una velocidad de vértigo. Las novedades de hace 3 o 4 años son reliquias ahora. Y el presente será pasado en muy poco tiempo. La novedad es un reclamo, un argumento de venta para muchos más importante que el precio. Y eso obliga. Eso impone.

¿Qué hizo el esquí cuando el calor de dos inviernos le puso contra las cuerdas? Innovar. Con menos recursos y con muchos miedos, pero con el convencimiento de que las huidas siempre son hacia adelante. Y lo mismo han hecho otros segmentos que han perdido fuerza en los últimos años, como el tenis, por ejemplo. Mantener su compromiso con la innovación, sea para 100 o sea para 10. Y si ellos, que sufren, luchan, cómo no van a hacerlo quienes viven épocas doradas. El éxito conlleva competencia, y la competencia obliga a innovar. Hay una parte del botín que se lo reparten las grandes, eso no se puede negar, pero el resto se lo queda quien compite mejor. Quien aporta valor. Quien innova.

Hay que ser valiente. Hay que arriesgar. Y si, es cierto, innovar es una actividad de riesgo, pero el principal riesgo es no practicarla. La historia del deporte, de las marcas, ha demostrado con creces que la innovación constante es la única forma de mantenerse competitivo, porque ninguna ventaja es sostenible en el largo plazo. Ninguna. De nadie. Y si alguien cree que no es lo suficientemente fuerte como para innovar, le remito a este conocido proverbio africano: “Quien crea que es demasiado pequeño como para llamar la atención es que no ha dormido nunca con un mosquito en la habitación”.

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