• Opinión
  • 31 de Ene, 2017

Enterrando la historia. La opinión de Raul Bernat

En estos últimos años hemos visto como han cerrado su persiana, para siempre, algunas de las tiendas más emblemáticas de nuestro sector. Emblemáticas e históricas. Ley de mercado, dicen algunos. Y seguramente lleven razón. Pero eso no quita que sea tremendamente triste que familias que llevan 6, 7 o hasta 10 décadas detrás de un mostrador se vean obligadas, ahora, a cerrar. Las grandes ciudades han cambiado por completo su tejido comercial. En pro de no se sabe muy bien qué, probablemente de los billetes de los turistas, las administraciones le han dado la espalda al comercio tradicional y, aunque con algunos amagos de que pareciera lo contrario, ni siquiera han respetado a las tiendas históricas. Esas mismas tiendas que, en su día, fueron el motor de sus ejes comerciales.

El consumidor, probablemente, tiene el poder. Pero por mucho poder que los gurús quieran darle, los caminos los siguen marcando otros. Otros como las administraciones o, incluso, las marcas. El consumidor elige, está claro, pero elige entre lo que se le ofrece. Y si lo que se lo ofrece es un modelo comercial donde se impulsan y se imponen las grandes superficies, donde las principales zonas comerciales están reservadas sólo a las grandes multinacionales y donde no se protege, ni siquiera, la historia, las opciones que tiene para elegir el consumidor son pocas. Por mucho poder que cree que tenga. O que se le quiera hacer creer que tiene.

Las administraciones van a lo que van. Y las marcas, también. Los cantos de sirena de los grandes operadores son irresistibles. Y cuando vas hacia ellos, le das la espalda a otros. A los más pequeños. A los que, probablemente, dependen más de que les ayudes. De que les cuides. Y cuidarles es protegerles. Y nadie lo hace. Y ahí está, una tienda con 100 años de historia que en pocos meses ha visto como a escasos metros de su local plantaban su bandera tres grandes operadores deportivos. ¿Es el consumidor quién así lo ha querido? ¿Es el consumidor quién prefiere renunciar a un buen asesoramiento, a la cercanía, a un servicio de calidad por ahorrarse unos euros en una tienda en la que, quizás, deberá hacer equilibrios para que le hagan un poco de caso? Me cuesta creerlo. La ley de la supervivencia se impone. Ley de vida. Quizás inevitable. Pero existen fórmulas para que, no siempre, el pez grande se coma al chico. A veces basta con no meter a ambos en un estanque de 2x2.

Dicho esto, y aunque uno tenga claro que al comercio histórico hay que protegerlo de alguna manera, eso no le exime, ni mucho menos, de dejar la historia atrás y adaptarse a una nueva realidad donde el canal es algo secundario. Incluso el producto. Incluso las marcas. Tenga más o menos poder, lo que sí está claro es que al consumidor hay que entenderlo. Conocerlo. Es la única manera de saltar los baches que unos y otros nos ponen en el camino.
 

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