• Opinión
  • 29 de Nov, 2006

El poder eterno, por Raul Bernat

En estos últimos años hemos visto como por las direcciones generales de las grandes empresas del sector desfilaban muchos directivos. Quizás demasiados. Esta tendencia tan actual en las multinacionales de que los cargos más importantes de la compañía tengan fecha de caducidad responde, básicamente, a una cuestión de motivación y ambición: estas empresas están convencidas de que la efectividad de una persona en su cargo tiene un límite y que es importante hacer cambios con relativa frecuencia para mantener la ilusión y el ímpetu de quienes tienen la responsabilidad de hacer crecer a la empresa.
Más allá de los inconvenientes que puede conllevar esta filosofía, como por ejemplo la dificultad para llevar a cabo proyectos a largo plazo, ganarse la confianza de los interlocutores y del sector en generall o implicarse a fondo en intereses comunes del sector, es evidente que esta rotación de directivos tiene una gran ventaja y es la imposibilidad de que estos altos cargos se apoltronen en su cargo y se empachen de poder, que es lo que acaba pasando en algunas empresas en las que los cargos directivos sólo cambian cuando hay una jubilación.
Obviamente esta política, que sólo tiene lógica en grandes multinacionales y en empresas nacionales con accionistas o socios, no tiene muchos seguidores en nuestro país, donde esta cultura del cambio apenas tiene tradición. Aquí es mucho más normal cogerle gusto al cargo y pasarse muchos años ocupando la misma dirección general.
Pero el problema no es sólo de los directivos que se atrincheran en su despacho. La culpa es también de algunas empresas, que generalmente son incapaces de darse cuenta de que nadie es imprescindible y que tener directores generales con un mandato excesivamente largo es un freno para su crecimiento, porque por mucho que se reciclen, hay directivos que son incapaces de adaptarse a las necesidades actuales del sector. Además, accionistas, consejos de administración, socios o quienes sean que controlan las empresas y deciden quien las dirigirá, deberían darse cuenta también de que un alto cargo que no mejora su situación en 5-6 años, o tienen demasiados interese en conservar su puesto, o su valía está muy por debajo de su cargo. Sin embargo, hay muchas empresas que no sólo obvian esta evidencia, si no que además, por amiguismos e intereses comunes -un problema bastante "nacional"- no sólo no consideran la posibilidad de renovar los directivos, si no que además les demuestran su plena confianza cuando es obvio que no están capacitados para adaptarse a las nuevas dimensiones de la empresa.
Me gustaría creer en la honradez de las personas. Y creer que alguien es capaz de dirigir una empresa sin que su estatus tenga consecuencias en su manera de ser y en su manera de trabajar. El problema es que ejemplos de que no es así los leemos cada día en los periódicos. Decía Rousseau que el hombre es bueno por naturaleza. Y probablemente tuviera razón, pero por naturaleza también tiende a desear el poder.
El poder corrompe. Y si es eterno, corrompe eternamente.

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